13 ago. 2014

Las fechorías de Samuel

Samuel era un ladrón de poca monta que se dedicaba a asaltar sobre todo a aquellas diligencias que transitaban por caminos oscuros a altas horas de la noche. Se ocultaba entre los arbustos y esperaba a que el chofer estuviera distraído para atacar. Un día de esos en los que estaba decidido a robar, vio pasar a un pequeño coche tirado por un solo caballo. 

Samuel creyó que el transporte estaba lleno de riquezas, pues las puertas del mismo yacían cerradas y los vidrios también estaban cubiertos por unas cortinas negras. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, disparó su arma de fuego en contra del conductor. Éste se derrumbó abatido en el lodo y malherido comenzó a gritar: - ¡Por piedad, no le haga daño a mis hijos! Llévese el coche y el caballo pero a ellos no los toque. Samuel al oír eso, se llenó de cólera y arremetió contra las puertas de la diligencia hasta que éstas finalmente cedieron. En efecto, dentro del coche solamente había dos pequeños niños que además se hallaban muertos de terror. De pronto, un silencio sepulcral inundó el ambiente hasta que el sonido de una pistola se escuchó cuatro veces. El chofer con las pocas fuerzas que aún le quedaban, se acercó hasta dónde el asaltante estaba y le dijo: - Le juro que mi venganza será más terrible que cualquiera de las leyendas de terror cortas que hayan sucedido en estas tierras.

Encomiendo mi alma a Lucifer y por los poderes del quinto infierno regresaré y cobraré venganza. Samuel no dijo nada, pero a partir de ese día su vida se transformó por completo. Dejó de ser un delincuente y se reformó. No tanto por que hubiera en su pensamiento un cambio de fondo, sino porque a fin de cuentas era un hombre muy supersticioso. Pasaron más de dos décadas y aquel hombre creyó que el asunto estaba olvidado.

Hasta que una noche en sueños, el chofer de la diligencia se le apareció y le dijo: - Hoy es la fecha en la que usted me acompañará finalmente al infierno. - No me asusta señor. Esto es un sueño. Aquí puede matarme si gusta. - Ya está muerto. Replicó el conductor. Samuel abrió los ojos y sólo pudo observar que estaba rodeado de lava ardiente. Entonces comprendió que había llegado al infierno.

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